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OMG: consecuencias en la Argentina

Monocultivo y siembra directa de organismo modificados genéticamente: Consecuencias

Alumno: Lazarte, Juan Guillermo
Leg. Nº 92276/3

Las consecuencias negativas que se derivan de la siembra directa y el monocultivo, y considerando en este caso que se trata de organismos genéticamente modificados, son variadas y pueden ser clasificadas siguiendo distintos criterios (sujetos a los que afecta, nivel de peligrosidad, valor pecuniario calculado, etc.), sin embargo, para el presente trabajo he considerado oportuno mencionarlas siguiendo un orden cronológico.
Lo primero que notamos, como consecuencia de la siembra directa es una afectación química del suelo, dado que, los rastrojos que no son eliminados por el arado, deberán eliminarse por sustancias agregadas. Al evitar el arado, se evita también la oxigenación intensa de la materia orgánica y su consiguiente destrucción.
Además, este sistema requiere menor utilización de maquinaria y de mano de obra, abaratando los costos del productor y generando desempleo.
Como consecuencia directa del monocultivo se obtiene eficiencia a gran escala, pero genera debilidad en el ecosistema, provocando que determinados animales no encuentren alimento o asilo, o que otros obtengan alimento constante, convirtiéndose en plagas, siendo necesario el uso de pesticidas.
También, el monocultivo, genera un debilitamiento del suelo al extraer siempre los mismos nutrientes, generando a largo plazo la erosión del mismo, debiendo emplearse fertilizantes.
Si consideramos, además de lo antedicho, que las semillas sembradas, fueron modificadas genéticamente para resistir distintos factores (clima, geografía, venenos, etc.) las consecuencias se ven multiplicadas, produciendo una mayor rentabilidad, pero aumentando los efectos perniciosos mencionados.
El caso más emblemático en nuestro país está dado por la soja transgénica. Desde la década del ’90 la superficie sembrada se triplicó, y se multiplicó nueve veces desde principios de los ’801.
Esto tuvo y tiene consecuencias ineludibles. El territorio que hoy ocupa la soja anteriormente puede haber sido productor de otros alimentos o puede que no haya sido tierra utilizada en la producción agrícola.
En el primero de los casos, el aumento de producción de soja ha generado la disminución de la producción de otros alimentos básicos, según GRAIN2 los tambos del país sumaban 30 mil en 1998 y se vieron reducidos a la mitad en 2003. Para los dueños de la tierra sobre la que se asentaban los mismos, es una ecuación sencilla, es más rentable producir soja que leche. Esta disminución en la producción tambera tiene inevitable implicancia sobre el precio de la leche, y de esto se desprenden varias consecuencias más, que escapan a este trabajo.
El segundo de los casos mencionados, (que la tierra no se utilizare anteriormente para producción agrícola) se da principalmente con los desmontes. Entre los años 2002 y 2006 la deforestación creció un 42%, se taló más de 1.000.000 de hectáreas (aproximadamente 34 hectáreas por hora)3. Esto tiene impacto directo sobre la geografía, la flora, la fauna y el clima del lugar. Aunque aún se discute, la recordada tragedia de Tartagal, muchos la imputan al desmonte, y el consecuente descontrol en el manejo del agua. En decir de Raúl Montenegro, de la Fundación para la Defensa del Ambiente. Las sierras son esponjas que absorben el agua y la van liberando a lo largo del año. Pero al deforestar en gran escala, el agua de lluvia escurre rápidamente para abajo como si se deslizara por una autopista”.

Al sembrar organismos modificados genéticamente utilizando el sistema de siembre directa, se requiere menor cantidad de maquinaria y mano de obra, dado que no hay que eliminar los rastrojos, y una sola máquina es capaz de hacer todo el trabajo. A causa del aumento de la siembra de soja, la producción de algodón se redujo en un 40% en la provincia de Chaco, y un 78% en Formosa4, los trabajadores que cosechaban el algodón, han quedado “obsoletos” a la luz del nuevo sistema, y ya no son necesarios.
En el caso de la soja transgénica las alteraciones que posee la permiten ser resistente a diversos climas (lo que incentiva los desmontes) y a un herbicida de amplio espectro, no selectivo, como es el glifosato. Este herbicida es utilizado en la actualidad por EEUU en el llamado “Plan Colombia” para rociar los campos de coca, y en nuestro país, se utilizan 200.000.000 de litro al año en el cultivo de la soja.
El glifosato es rociado sobre las plantaciones de soja desde aviones, o con camiones llamados mosquitos (debido a que se extiende a ambos lados del vehículo, como si fueran alas, estructuras que permiten rociar una mayor superficie). Sin embargo, varias denuncias se han realizado respecto al efecto de este pesticida sobre la salud humana, ya que ha afectado tanto a trabajadores rurales, como a habitantes de zonas aledañas. Entre las denuncias más comunes cabe destacar: casos de cáncer, malformaciones congénitas, lupus, enfermedades renales, enfermedades respiratorias, dermatitis, nacimientos prematuros, abortos, entre otros.
Debemos considerar que la contaminación por glifosato puede darse tanto en la tierra, en el aire, en el agua, como en los alimentos, y que, además de afectar humanos, afecta a la mayoría de las especies animales.
Aun así, se han encontrado malezas que han logrado sobrevivir al glifosato, por lo que la empresa Monsanto, ha comenzado a recomendar el uso de otro pesticida, llamado dicamba, de toxicidad mayor a los pesticidas actuales.

En cuanto a las consecuencias económicas se ha acrecentado la desigualdad en forma tan sorprendente como evidente. El precio de la soja aumenta a cada cosecha, su rendimiento es cada vez mayor. La cantidad de empleos necesarios se reduce, como habíamos dicho antes, por lo que, al haber mayor rendimiento, y menos trabajadores, la implicancia directa es la concentración de la riqueza.
Los productores despiden a sus empleados y se quedan solo con una máquina (y si no la tienen ni la pueden comprar la alquilan), y todo el producido por la venta es para sus bolsillos; ya no deben repartir y pagar salarios, ni vacaciones, indemnización, ni aportes jubilatorios. Deben comprar semillas, pesticida y fertilizantes (de este último suelen prescindir los arrendatarios a los que no les afecta el deterioro del suelo).
También se han dado en crearse nuevas formas asociativas que se conocen como pooles de siembra. Luego de la crisis argentina de 2001, y la subsiguiente desconfianza en los bancos, muchos “ahorristas” que no sabían dónde poner su dinero encontraron una oportunidad en estos contratos, que terminaron siendo más rentables de lo que hubieran imaginado. Un grupo de ahorristas pone el dinero, capital, para que un ingeniero agrónomo y/o administrador arriende campos, compre los insumos y contrate el personal necesario para la siembra de soja transgénica. Las ganancias se reparten según lo establecido en el contrato inicial. Esta figura atípica, que suele encuadrarse como fideicomiso, llevó a que, quienes tenían dinero ocioso en la Argentina, lo multipliquen; y este aumento de la producción de soja, con nuevos capitales, para nuevas zonas, trajo como colofón el desempleo para miles de trabajadores agrarios, algunos de los cuales migraron hacia las ciudades en busca de un futuro un poco más promisorio.
Así, tenemos que en un país signado por una gran desigualdad, los ricos se enriquecieron, y los pobres se vieron más empobrecidos aun.
El subsecretario de asuntos sociales económicos de la ONU, José Antonio Ocampo, afirmó que en Latinoamérica, el 10% más rico de la población posee entre el 40% y el 50% de la riqueza, mientras que el 10% más pobre, posee entre el 1% y el 2%5.
Considerando a la soja transgénica como alimento es necesario destacar que la publicidad le ha sido muy favorable. Existe una creencia popular de que la soja puede “reemplazar a la carne”. Si bien la soja posee altos valores de proteínas y carbohidratos, la soja inhibe la absorción de hierro (cosa que no hace la carne), por lo que no se recomienda su consumo para menores de 5 años, y se prohíbe para menores de 2 años.
Peor que lo anterior y muestra de una evidente mala fe, es lo que se ha hecho al llamar “leche de soja” al jugo de soja, ya que al administrárselo a menores, se corren serios riesgos de alterar su desarrollo hormonal (pudiendo causar un desarrollo prematuro de los pechos y de características sexuales en jovencitas, y la posibilidad de que los órganos masculinos no se desarrollen normalmente en la pubertad del varón, carece de colesterol, sustancia esencial para el adecuado desarrollo del cerebro y del sistema nervioso central de los niños).

Conclusión: A principios del siglo pasado se hablaba de que la Argentina era el granero del mundo: el país era rico. En rigor de verdad, ricos eran los dueños de las tierras, y había un país totalmente pobre, gobernado por una aristocracia enriquecida por la situación exterior. Ya entrados en el siglo XXI las cosas no han cambiado tanto, un pequeño sector se enriquece a costa del hambre del resto de los argentinos. Dos caras de una misma moneda, por un lado, inversionistas y productores que con cada cosecha obtienen mayores ganancias, por el otro, un pueblo desnutrido, empobrecido, desempleado, un Estado que vende su soberanía alimentaria en favor de un grupo de lobistas.
Las medidas a adoptar son visibles: frenar los desmontes, recuperar la diversidad en la producción, recuperar la soberanía alimentaria, redistribuir la riqueza, controlar la toxicidad de los agroquímicos, controlar el rendimiento y fertilidad de los suelos, detener la alimentación de la población con alimentos cuya peligrosidad se desconoce e informar a cada persona, el origen de lo que consume; que cada uno pueda elegir si quiere alimentarse a base de transgénicos o no.
Es sumamente difícil que esto suceda en lo inmediato, pero con la paulatina toma de conciencia por parte de la población, aunque improbable, no será imposible.

Anexo: Salvavidas de plomo por Eduardo Galeano (Fragmento)
Según la voz de mando, nuestros países deben creer en la libertad de comercio (aunque no exista), honrar la deuda (aunque sea deshonrosa), atraer inversiones (aunque sean indignas) y entrar al mundo (aunque sea por la puerta de servicio).
Entrar al mundo: el mundo es el mercado. El mercado mundial, donde se compran países. Nada de nuevo. América latina nació para obedecerlo, cuando el mercado mundial todavía no se llamaba así, y mal que bien seguimos atados al deber de obediencia.
Esta triste rutina de los siglos empezó con el oro y la plata y siguió con el azúcar, el tabaco, el guano, el salitre, el cobre, el estaño, el caucho, el cacao, la banana, el café, el petróleo… ¿Qué nos dejaron esos esplendores? Nos dejaron sin herencia ni querencia. Jardines convertidos en desiertos, campos abandonados, montañas agujereadas, aguas podridas, largas caravanas de infelices condenados a la muerte temprana, vacíos palacios donde deambulan los fantasmas…
Ahora es el turno de la soja transgénica y de la celulosa. Y otra vez se repite la historia de las glorias fugaces, que al son de sus trompetas nos anuncian desdichas largas.
¿Será mudo el pasado?
Nos negamos a escuchar las voces que nos advierten: los sueños del mercado mundial son las pesadillas de los países que a sus caprichos se someten. Seguimos aplaudiendo el secuestro de los bienes naturales que Dios, o el Diablo, nos ha dado, y así trabajamos por nuestra propia perdición y contribuimos al exterminio de la poca naturaleza que queda en este mundo.
La Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos están viviendo la fiebre de la soja transgénica. Precios tentadores, rendimientos multiplicados. La Argentina es, desde hace tiempo, el segundo productor mundial de transgénicos, después de Estados Unidos. En Brasil, el gobierno de Lula ejecutó una de esas piruetas que flaco favor hacen a la democracia y dijo sí a la soja transgénica, aunque su partido había dicho no durante toda la campaña electoral.
Esto es pan para hoy y hambre para mañana, como denuncian algunos sindicatos rurales y organizaciones ecologistas. Pero ya se sabe que los paisanos ignorantes se niegan a entender las ventajas del pasto de plástico y de la vaca a motor, y que los ecologistas son unos aguafiestas que siempre escupen el asado.
Los abogados de los transgénicos afirman que no está probado que perjudiquen la salud humana. En todo caso, tampoco está probado que no la perjudiquen. Y si tan inofensivos son, ¿por qué los fabricantes de soja transgénica se niegan a aclarar, en los envases, que venden lo que venden? ¿O acaso la etiqueta de soja transgénica no sería la mejor publicidad?
Y sí que hay evidencias de que estas invenciones del doctor Frankenstein dañan la salud del suelo y reducen la soberanía nacional. ¿Exportamos soja o exportamos suelo? ¿Y acaso no quedamos atrapados en las jaulas de Monsanto y otras grandes empresas de cuyas semillas, herbicidas y pesticidas pasamos a depender?
Tierras que producían de todo para el mercado local, ahora se consagran a un solo producto para la demanda extranjera. Me desarrollo hacia fuera, y del adentro me olvido. El monocultivo es una prisión, siempre lo fue, y ahora, con los transgénicos, mucho más. La diversidad, en cambio, libera. La independencia se reduce al himno y a la bandera si no se asienta en la soberanía alimentaria. La autodeterminación empieza por la boca. Sólo la diversidad productiva puede defendernos de los súbitos derrumbamientos de precios que son costumbre, mortífera costumbre, del mercado mundial.
Las inmensas extensiones destinadas a la soja transgénica están arrasando los bosques nativos y expulsando a los campesinos pobres. Pocos brazos ocupan estas explotaciones altamente mecanizadas, que en cambio exterminan los plantíos pequeños y las huertas familiares con los venenos que fumigan. Se multiplica el éxodo rural a las grandes ciudades, donde se supone que los expulsados van a consumir, si los acompaña la suerte, lo que antes producían. Es la agraria reforma: la reforma agraria al revés.6

1.- según SAGPyA, Julio 2002, 2.100.00 ha en 1980, 5.088.670 ha en 1990 y 11.610.000 ha en 2001. Según diario El Litoral de 21 de enero de 2010, el Ministerio de Agricultura informa que la superficie sembrada con soja asciende a 18.200.000 ha.
2.- GRAIN. “Las consecuencias inevitables de un modelo genocida y ecocida”. http://www.grain.org/biodiversidad/?id=445
3.- Diario Clarín, 25 de junio de 2007.
4.- GRAIN. “Las consecuencias inevitables de un modelo genocida y ecocida”. http://www.grain.org/biodiversidad/?id=445
5.- La Argentina es el país de la región donde más aumentó la desigualdad http://www.proteger.org.ar/doc376.html
6.- Página12, 15 de agosto de 2006.

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